8.07.2008

7 de Agosto

No me quiero morir todavía dijo mi abuela dos semanas antes de morirse. Sentada en su sillón frente al televisor mirando la telenovela en turno. Suspiró, fue a la cocina por café y a pesar de sus 87 años, camino de regreso segura a la sala con la certeza de un soplo y una dificultad en el corazón que debieron ser batallas que ella creyó podría vencer. Mama chata no sabía que estaba al borde de la curva, que sin querer, tal vez por eso pedía música alegre , que se acordaba de Natita, del cáncer en el vientre, de los ojos chiquitos , perturbados por un demonio de malos sueños, de sus más de 100 años de vejez definiéndose, tal vez la abuela presentía el pronostico súbito y terrible del hospital en la Avenida Miguel Alemán y por eso pedía le pusiéramos una frazada sobre los pies heridos. “ Nos contamos historias para poder vivir” es una frase de Joan Didion y al recordar a Mamá Chata en esas noches previas a ser hospitalizada diciéndonos sobre las cosas que uno deja cuando parte, me pregunto si uno no cuenta historias también para no morirse.

Entre mi abuela y yo hablamos poco de la muerte en las últimas semanas, hablamos poco. Pero yo sabía desde que vi la radiografía con sus pulmones negros que la muerte era el fantasma latente en las conversaciones y que ella aludía, insistiendo en la longevidad de la madera vieja. Quería llegar a 100 años y conforme envejecía algo sabia no igualaría en edad a su madre. Pero uno no se resigna a la muerte, ni a los 20 ni a los 87, aunque tenga todas las señales que no llegara a nosotros por sorpresa. Si no que es cierta y esta aquí.
Su última enfermedad expuso ante mis ojos la fragilidad de la vida como nunca antes. La de mi abuela fue una muerte profunda, una muerte diferente a la de Francisco, por que en ella el dolor fue inclemente, fue el fin de un ciclo del que todos tomamos un pedazo, un rumbo, una tara con la cual enfrentarnos a la vida sin ella. Se fue en una semana con un miedo inflingido, que a pesar del tiempo aun no distingo hasta donde me hizo reconocer la pérdida, saberme perdido, con otra orfandad que no mata por lo súbito, si no por la dureza de aceptarla al fin, sin abrazos, sin inocencia, con toda la vida puesta delante, tal y como es: sombría.
Mi abuela le temía a la muerte y vivió su inminencia poco a poco. Mantuvo en los últimos instantes una lucidez intermitente. 24 horas antes del final llegaron todos. Ella sabia que iba a morir y lloraba. A pesar del dolor sé que su muerte fue misericordiosa. Siento que sabía que estaba ahí y podía entender que yo reconocía que la muerte estaba siendo implacable con ella. Ella comenzó a ceder esa batalla de no querer morirse todavía. Yo podía mirarla llorando y saber que estaba muriendo y lo sabia. La mañana del 7 de agosto yo supe nos había dejado, aunque aun vivía, su corazón latía por el respirador muy despacio. No era que estuviera inconciente, mi abuela estaba en algún lugar, su alma se había replegado en algún lugar infinito dentro de su cuerpo y su ser, no sabia que quería decirme, pero era algo, yo sabía nos había dejado y yo quería decirle: lo siento, te amo, será difícil, podremos, cuidare a mi madre, me estoy muriendo contigo, te lloraré en silencio.
A las 3 de la tarde del 7 de Agosto su presión sanguínea había caído a un nivel peligroso y la habitación era una burbuja de oxigeno, su presión de derrumbaba, y el oxigeno en su sangre se hacia menos. Se quejó de un dolor leve generalizado. Resistió una hora. Luego comenzó a dar el último paso. Yo sabia que ya se había ido, que había venido varias veces la muerte, que había sido su muerte dolorosa y suave, había cesado el dolor y la angustia y ya no podía decirme nada, se había quedado dentro de si misma o volado lejos. Primero inhaló con fuerza, hizo una pausa de veinte segundos, un tiempo de agonía infinito cuando se esta mirando el fin de un ser humano. Luego inhaló profundamente. La pausa se convirtió en la permanencia. Los demás supieron entonces se había ido, nos quedamos a solas para que mis tíos preparan las cosas para el funeral, uno a uno sus hijos pasaron.
Recuerdo que me salí del cuarto, baje los elevadores y al salir llovía justo como ahora que me siento árido y oscuro y estoy tan lejos. Y es justo como ella decía: Lloverá donde la tierra este mas seca.

4 comentarios:

  1. ¡Bien! Me gustó el tema y la manera como lo describes, contagias la emoción del momento. Sólo te pido un favor: ¿podrías escribir con un tipo más grande de letra?
    Gracias
    http://www.silvestreilgatto.blogspot.com/

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  2. eres tan preciso asi...
    te extraño

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  3. Te leo y súbitamente te vuelves la excusa para el llanto y la fuerza para escurrir las lágrimas y salir a vivir.

    Tienes un don, lo sabes.

    Abrazo,

    OA

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